Mané Castro Videla - Mujer Poeta y Artista Plástica Argentina - Española

domingo, 14 de febrero de 2016

Amor ... Ayn Rand


Amor, amistad, respeto, admiración… son la respuesta emocional de un hombre a las virtudes de otro, el pago espiritual que se da a cambio del placer personal, egoísta que un hombre recibe de las virtudes del carácter de otro hombre. Sólo un salvaje o un altruista alegaría que apreciar las virtudes de otra persona es un acto de generosidad, y que en lo que concierne a su propio interés y placer egoístas, no hay ninguna diferencia si uno trata con un genio o con un estúpido, si se encuentra con un héroe o con un bandido, si se casa con la mujer ideal o con una prostituta.

El amor romántico, en el pleno sentido del término, es una emoción que sólo es posible para el hombre (o la mujer) de auto-estima inquebrantable: es su respuesta a sus propios y más altos valores en la persona de otro – una respuesta integrada de mente y cuerpo, de amor y deseo sexual. 
Tal hombre (o mujer) es incapaz de experimentar un deseo sexual divorciado de valores espirituales.

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El hombre es un fin en sí mismo. El amor romántico – la profunda, exaltada, eterna pasión que une su mente y su cuerpo durante el acto sexual – es el testimonio vivo de ese principio.

Hay dos aspectos de la existencia humana que pertenecen al ámbito especial del “Sentido de Vida” y constituyen su expresión: el amor y el arte.

Estoy hablando del amor romántico, en el sentido más serio del término – a diferencia de los caprichos superficiales de aquellos cuyo Sentido de Vida carece de valores constantes, es decir, carecen de emociones duraderas que no sean el miedo. El amor es una respuesta a los valores. 
Es del Sentido de Vida de otra persona de lo que uno se enamora – de esa suma esencial, la actitud fundamental o forma de encarar la existencia, que es la esencia de una personalidad. Uno se enamora de la encarnación de los valores que formaron el carácter de una persona, los cuales se reflejan en su más amplias metas o en sus menores gestos, los que crean el estilo de su alma – el estilo individual de una consciencia única, irrepetible, irremplazable. Es el Sentido de Vida de uno mismo el que actúa como el selector, y el que responde a lo que reconoce como sus propios valores básicos, en la persona de otro. No es cuestión de las convicciones que profesa (aunque estas no son irrelevantes); es cuestión de una armonía mucho más profunda, una armonía consciente y subconsciente.

Muchos errores y desilusiones trágicas son posibles en este proceso de reconocimiento emocional, puesto que un Sentido de Vida, por sí solo, no es una guía cognitiva confiable. Y si hay grados de maldad, entonces uno de los efectos más perversos del misticismo – en términos de sufrimiento humano – es la creencia de que el amor es una cuestión “del corazón”, no de la mente; que el amor es un sentimiento independiente de la razón, que el amor es ciego e indiferente al poder de la filosofía. El amor es la expresión de la filosofía – de la suma filosófica subconsciente – y, tal vez, ningún otro aspecto de la existencia humana necesite el poder consciente de la filosofía de forma tan desesperada. Cuando ese poder es llamado a verificar y confirmar una evaluación emocional, cuando el amor es una integración consciente de razón y emoción, de mente y valores, entonces – y sólo entonces – es la mayor recompensa en la vida del hombre.

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Amar es valorar. Sólo un egoísta racional, un hombre de autoestima, es capaz de amar, porque él es el único hombre capaz de mantener valores firmes, consistentes, sin concesiones, sin traiciones. El hombre que no se valora a sí mismo no puede valorar nada o a nadie.

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En El Manantial, el héroe pronuncia una frase que es citada a menudo por los lectores: “Para decir ´Yo te quiero´, primero uno tiene que saber cómo decir el ´Yo´”.
Un amor desinteresado tendría que significar que tú no obtienes ningún placer ni felicidad personal de la compañía y la existencia de la persona que amas, y que lo único que te motiva es la lástima del auto-sacrificio por la necesidad que tiene esa persona de ti. No creo necesario demostrarte que nadie se sentiría halagado por ello, ni aceptaría un concepto de ese tipo. Amor no es sacrificio, sino la afirmación más profunda de tus propias necesidades y valores. Es por tu propia felicidad por lo que necesitas a la persona que amas, y ése es el mayor elogio, el mayor homenaje, que le puedes rendir a esa persona.


Uno obtiene una alegría profundamente personal y egoísta por la mera existencia de la persona amada. Es la propia felicidad personal, egoísta, lo que uno busca, gana y recibe con el amor.

Un amor “generoso” y “desinteresado” es una contradicción en términos: significa que uno es indiferente a lo que uno valora.

La preocupación por el bienestar de los que uno ama es una parte racional de los propios intereses egoístas de cada uno. Si un hombre que está apasionadamente enamorado de su mujer gasta una fortuna para curarla de una enfermedad grave, sería absurdo pretender que lo hace como un “sacrificio” por el bien de ella, no por el suyo propio, y que le da igual a él, personal y egoístamente, el que ella viva o muera.

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La aplicación práctica de la amistad, el afecto y el amor consiste en añadir el bienestar (el bienestar racional) de la persona implicada a la jerarquía de valores de uno mismo, y luego en actuar en consecuencia.
Amar es valorar. El hombre que te dice que es posible valorar sin valores, amar a los que consideras que no tienen valor, es el hombre que te dice que es posible hacerse rico consumiendo sin producir y que el dinero de papel es tan valioso como el oro.
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Pero cuando se trata de amor, la más alta de las emociones, permites que te griten acusadoramente que tú eres un delincuente moral si eres incapaz de sentir un amor sin causa. Cuando un hombre siente miedo sin razón lo llevas al cuidado de un psiquiatra; no eres tan cuidadoso protegiendo el significado, la naturaleza y la dignidad del amor.

El amor es la expresión de los propios valores, la mayor recompensa que puedes ganar por las cualidades morales que has logrado en tu carácter y tu persona, el precio emocional que paga un hombre por la alegría que recibe de las virtudes de otro. Tu moralidad exige que divorcies tu amor de valores y se lo pases a cualquier haragán, no en respuesta a lo que vale, sino en respuesta a su necesidad; no como recompensa, sino como limosna; no como pago por virtudes, sino como un cheque en blanco por vicios. Tu moralidad te dice que el propósito del amor es liberarte de las ataduras de la moralidad, que el amor es superior al juicio moral, que el amor verdadero trasciende, perdona y sobrevive cualquier forma de maldad en su objeto, y que cuanto mayor el amor, mayor la depravación que le permite al amado. Amar a un hombre por sus virtudes es mezquino y humano, te dice; amarle por sus defectos es divino. Amar a quienes se lo merecen es interés propio; amar a quienes no se lo merecen es sacrificio. Les debes tu amor a quienes no lo merecen, y cuanto menos lo merecen, más amor les debes – cuanto más odioso el objeto, más noble tu amor – cuanto menos meticuloso tu amor, mayor tu virtud – y si puedes convertir tu alma en un estercolero que acepta de buena gana cualquier cosa en cualquier condición, si puedes cesar de valorar valores morales, habrás conseguido el estado de perfección moral.

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Al igual que cualquier otro valor, el amor no es una cantidad estática a ser dividida, sino una respuesta ilimitada a ser ganada. El amor por un amigo no es una amenaza al amor por otro, y tampoco lo es el amor por los varios miembros de la familia de uno, asumiendo que se lo merezcan. En su forma más exquisita – el amor romántico – no es una cuestión de competir. Si dos hombres están enamorados de la misma mujer, lo que ella siente por cualquiera de ellos no está determinado por lo que ella siente por el otro y no es algo que le esté quitando. Si ella elige uno de ellos, el “perdedor” no podría haber tenido lo que el “ganador” ha ganado.

Es sólo entre personas irracionales, motivadas por la emoción, cuyo amor está divorciado de cualquier criterio de valor, donde predomina la posibilidad de rivalidades, de conflictos esporádicos y de elecciones ciegas. Pero entonces, quienquiera que gane no está ganando mucho. Entre los que se dejan llevar por la emoción, ni el amor ni ninguna otra emoción tiene ningún sentido.

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Respondamos a la pregunta: “¿Se puede medir el amor?”

El concepto de “amor” se forma aislando dos o más ejemplos del proceso psicológico apropiado, conservando sus características distintivas (una emoción que procede de evaluar algo que existe como siendo un valor positivo y una fuente de placer) y omitiendo el propio objeto y las mediciones de la intensidad del proceso.

El objeto puede ser una cosa, un acontecimiento, una actividad, una condición o una



persona. La intensidad varía según la propia valoración del objeto, como, por ejemplo, en el “amor” que uno siente por el helado, o por fiestas, o por la lectura, o por la libertad, o por la persona con la que uno se casa. El concepto de “amor” comprende una amplia gama de valores y, en consecuencia, de intensidades: se extiende desde los niveles inferiores (designado por la subcategoría “gustar de”) a los niveles superiores (designado por la sub-categoría “tenerle afecto a”, que sólo es aplicablea personas) al más alto nivel, que incluye el amor romántico.

Si uno quiere medir la intensidad de un caso particular de amor, lo ha de hacer por referencia a la jerarquía de valores de la persona que lo experimenta. Un hombre puede amar a una mujer, pero puede ser que aprecie las satisfacciones neuróticas de promiscuidad sexual más que el valor que su mujer representa para él. Otro hombre puede amar a una mujer, pero puede renunciar a ella, poniendo su miedo a la desaprobación de los demás (de su familia, sus amigos o extraños al azar) por encima del valor de esa mujer. Y otro hombre puede arriesgar su vida para salvar a la mujer que ama, porque todos sus otros valores perderían cualquier sentido sin ella. Las emociones en estos ejemplos no son emociones de la misma intensidad o tamaño. No dejes que un místico del tipo James Taggart [personaje de Atlas Shrugged] te diga que el amor no se puede medir.

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Ayn Rand