Mané Castro Videla - Mujer Poeta y Artista Plástica Argentina - Española

viernes, 8 de junio de 2012

Heridas

Entre los desastres mentales que provoca la falta de memoria social -maldición que no sólo cae sobre los argentinos, ya que he conocido tarados en todos los idiomas en mis viajes por el mundo-, entre todos esos desastres, digo, está la pérdida de la memoria más elemental. Esa que, al recorrer nuestro Buenos Aires querido, nos ataca cuando queremos recordar sin éxito qué había en tal o cual calle. Los jóvenes tienen la excusa de que no habían nacido, los maduros aducen que no venían mucho al centro y los viejos nos escudamos en supuestas esclerosis. Pero hay lugares que son "heridas que no cierran y sangran todavía", como dice el tango. En algunos casos son playas de estacionamiento; en otros, horrendos shoppings o más horrendas galerías. Y en algunos, simplemente terrenos baldíos cercados por empalizadas desde las que los políticos sonríen con sus caras colagenadas llenas de promesas con botox. Están ahí, en pleno centro. En muchos casos se trata de terrenos en litigio, con muchos dueños y muchos herederos que no ganan ni dejan ganar, cual perros del hortelano inmobiliarios.
Y ahí, sí, la memoria de este vejete no falla: mi infancia, adolescencia y juventud me empujan, con la bronca de aquellas edades, al desconsuelo. Ya sé que no hay que llorar sobre la leche derramada y que hay que vivir el hoy proyectado a un mañana que -¿por qué no?- puede ser mejor. Pero la bronca por lo perdido, por lo descuidado y por lo ninguneado, no cesa. Ahí está esa insultante playa de estacionamiento de Corrientes y Esmeralda que una vez fue el fabuloso Teatro Odeón: una sala de posibilidades escénicas fantásticas, con gran capacidad, acústica perfecta, decoración suntuosa y de buen gusto. Un templo del arte donde brillaron los mejores actores, autores y directores argentinos de varias décadas. En inolvidables temporadas también fue el marco de numerosas compañías francesas e italianas con figuras de primerísimo nivel internacional; mágica caja de sorpresas que cobijó desde la iracundia de John Osborne con Alfredo Alcón y María Rosa Gallo, hasta la mítica Libertad Lamarque en una inolvidable Hello Dolly. Pasó por distintos y magníficos empresarios hasta que cayó bajo la piqueta del supuesto progreso, ignorándose el reclamo de las más importantes figuras de nuestro teatro. No se cumplió la ley existente que obliga a construir un teatro cuando se tira abajo otro. Alguien de cuyo nombre no quiero acordarme sobreseyó la causa y desde hace casi treinta años una playa de estacionamiento ocupa el lugar de lo que otrora fue un orgullo para la cultura nacional. Otro gran agujero en plena avenida Corrientes, entre Paraná y Uruguay, es el predio que ocupaba el Teatro Politeama. Era una gigantesca sala que en los años treinta ostentaba el moderno adelanto de un escenario giratorio que permitía cambios escenográficos veloces (lo cual hacía posible imprimir un ritmo casi cinematográfico a los espectáculos). Fue escenario de shows circenses con caballos y elefantes, comedias y dramas con los más grandes actores y actrices nacionales y sirvió de marco imponente a inolvidables artistas extranjeros. Hoy es un gigante terreno vacío y los porteños de menos de cuarenta no tienen la menor idea de que aquella maravilla existió. ¿Para qué mencionar al Casino o el Comedia? Nadie los recuerda. Por suerte no todo es olvido y demolición.
El Opera y el Gran Rex cambiaron su pasado de palacios cinematográficos y se convirtieron en espectaculares salas teatrales. El Astros reabrió sus puertas, como así también el Picadero. El Complejo La Plaza sigue siendo un centro de gran actividad. El antiguo Smart, luego Blanca Podestá, es hoy Multiteatro, con cuatro espacios escénicos. Se reabrieron el 25 de Mayo y el Regio, reflejos de aquellos teatros de barrio como el Fénix de Flores o el Variedades de Constitución.
Y cual dignísimos monumentos siguen el Maipo, el Liceo, el Nacional, el Tabarís, el otrora Cómico hoy Lola Membrives, el Astral, el Apolo y cientos de pequeñas salas en distintos barrios de la misteriosa Buenos Aires. Pero las heridas que duelen todavía están ahí, a la vista de todos. Mientras tanto, los que hacemos teatro seguimos proyectando y nos encontramos muchas veces con el problema de la falta de salas en una ciudad y un país (porque los éxitos de las giras al interior son cada vez más frecuentes) que ama el teatro, va al teatro a pesar de las crisis y quiere seguir siendo el gran escenario de América latina.

Enrique Pinti